Navidad en una taza de café (cuento)
El tre
n volaba sobre la estepa castellana y yo miraba absorta el paisaje helado a través de la ventana de la cafetería mientras bebía mi tercera taza de café. Era 24 de diciembre y me dirigía a cumplir unas de esas tradiciones impuestas por la familia. No me hacia mucha gracia dejar mi cómodo pisito en esos días de vacaciones. Pero no había otro remedio.
Volví a concentrarme en el paisaje al tiempo que sujetaba fuertemente la taza para que no se derramara. En ese momento pasábamos cerca de una especie de granja perdida en la nada. De la chimenea subía un delgado hilo de humo. Estaba como a 500 metros de la vía y distinguía perfectamente la tenue luz que iluminaba una de las ventanas. Alrededor tenía una cerca de madera pintada de blanco que se confundía con la nieve caída seguramente durante la noche.
Bajé del tren, y sin pensarlo, recorrí aquellos 500 metros, abrí la cerca y llamé.. Oí unos pasos y se abrió la puerta. En el umbral apareció una preciosa niña de unos 5 años que me miraba con unos grandes ojos avellana.
- ¿Estás sola en la casa? , le dije.
Ella contestó con una leve sonrisa seguida de un mohín de tristeza.
- No, mi mamá está en el cuarto.
Y sin decir nada más me agarró de la mano y me condujo a través del pasillo. Yo todavía llevaba en la otra mano la taza de café y me apresuré a dejarla en una especie de repisa que había en la entrada.
Al llegar al cuarto la niña me soltó la mano. Allá, en el fondo de la alcoba, medio sentada en su cama, se encontraba una mujer, seguramente la mamá. Estaba ligeramente pálida. Al verme llegar quiso decir algo, pero al instante un rictus de dolor contrajo su cara y se agarró fuertemente con una mano a los barrotes de hierro de la cabecera. La otra mano la dejó caer sobre su vientre. No tuve que esperar más para comprender que estaba a punto de dar a luz. Al cabo de unos minutos pasó el dolor y la mujer descansó sobre la almohada. Sudaba copiosamente. Cogí de encima de la mesita un pañuelo blanco que estaba allí doblado y le enjugué el rostro. Me volvió a mirar.
-Gracias, señora, dijo.
Yo le pregunté:
-¿Cómo es que está usted aquí sola (en ese momento me olvidé de la niña) en su estado?
- Mi marido salió esta mañana a buscar al médico.
Y luego añadió:
-No puede tardar mucho.
-¿Puedo hacer algo por usted?
- Muchas gracias, señora. Si pudiera poner a calentar agua en la cocina ... yo ya no tengo fuerzas ...perdone.
- No, por favor, voy enseguida.
Se quedó como dormida. Yo me volví hacia la puerta, y allí estaba la niña, con carita de miedo, pero bien entera. Me tendió otra vez la mano y juntas fuimos a la cocina. Cogí una olla grande y la llené de agua. La niña me miraba hacer. Encendí el gas y me dispuse a volver a la habitación.
Entonces la niña sin bajarse de la silla a donde se había subido me dijo, ahora sí, a punto de echarse a llorar:
- Mi mamá, ¿no se va a morir, verdad?
Yo la abracé con fuerza, sintiendo su cuerpecito tierno y frágil entre mis brazos.
- No, preciosa. No se va a morir. Ya verás.
-¿Y el niño?, me dijo, rechazando suavemente mi abrazo.
Me quedé admirada de que una niña tan pequeña supiese tanto de la situación.
- Tampoco, le dije, verás como dentro de poquito vas a tener un hermanito.
La bajé de la silla y nos recorrimos de nuevo el pasillo. Al llegar a la puerta de la habitación la niña se quedó de nuevo en el umbral. La mujer tenía otra crisis y corrí a su lado. Respiraba con dificultad y esta vez sí que comprendí que estaba asustada.
- ¿No tiene un teléfono donde yo pueda hablar con su marido?, le pregunté.
Y entonces contestó esas palabras que en cualquier calle de ciudad o pueblo nos parecen hoy día banales, pero que allí, en aquellas circunstancias, me perecieron terribles.
- No, señora, aquí no tenemos cobertura. Lo siento, señora.
Otra vez "lo siento". Era increíble. Ella se preocupaba por mi, en aquel estado. Creo que mi cara reflejaba aún más el susto que ella.
Escuché ruido detrás de mi. La niña estaba recogiendo algunos palos de leña de un montón que había junto a la ventana. Hasta entonces no había reparado que había una chimenea y que el fuego estaba a punto de apagarse. De verdad, la habitación estaba helada. Me acerqué a la leña y cogí dos gruesos troncos. Los dejé caer sobre los que la niña había ya colocado en el hogar.
- Así no tendrán frío, comentó.
Le tomé las manitas. Las suyas si que estaban frías. Aproximé una sillita a la chimenea y la senté allí. Parecía más animada.
Entonces oí la voz de la mujer que me llamaba suavemente. (Había pasado otra crisis sin
darme yo siquiera cuenta. Las contracciones se repetían cada segundos.)
- Señora, por favor, en ese armario hay toallas. Y ya puede traer la olla y sacar un balde que hay debajo de la cama....
No pudo decir más porque el dolor le hizo contraer todos sus músculos.
Me moví rápida, como una autómata. Recordé tontamente todas esas películas que había visto con mujeres dando a luz. Películas del oeste. Películas de la vida campesina italiana. Hasta recordé una preciosa "nativité" de Georges de la Tour, con esa luz de lo irreal... deprisa, deprisa...
A lo lejos oí la bocina del tren. Estaría llegando a Torrelavega. No tenía mucho tiempo. En la cocina el agua hervía. Sobre la mesa estaba mi taza de café todavía humeante. Tomé un sorbo. Me supo a gloria. Y a toda prisa preparé el agua, las toallas, una sábana limpia, un tarrito de colonia, una tijeras .... ¿cómo se me ocurrió todo eso? La niña me miraba hacer, todavía sentada junto al fuego.
- Ya viene, la oí decir.
- ¿El niño?
- No, mi papá. Y el niño también.
Y corrió hacia la puerta de la casa.
Oí a la mujer casi gritar en un sollozo:
- ¡Pedro!, y más bajito, Señora, abra la puerta, por favor.
Corrí yo también hacia la puerta. Llegaba un coche, quizás una ambulancia. La puerta ya estaba abierta. Dos hombres pasaron como una exhalación.
- María, María. No, por favor, otra vez no.
-No se preocupe, Pedro, decía el que debía de ser el médico,. esta vez el bebé vivirá. Hace 5 años ... era distinto.
No pude escuchar más. La niña seguía junto a la puerta. ¿Cómo era que su madre en ningún momento hubiera hecho referencia a ella? Le di un fuerte beso y salí corriendo. Quería llegar con el tren a la estación de Santander. (Desde la ventana de la cocina, una pequeña figura me decía adiós con la manita.)
Recogí el bolso en mi asiento y salí al andén. Mi hermana pequeña estaba allí, sonriente, como siempre.
-¿Qué tal el viaje? y, sin esperar respuesta, cenamos en casa de Carmen. Estarán todos.
"Menos los abuelos", pensé. Y luego, "¿el "viaje"? ¿qué viaje?"
Mi hermana me miraba extrañada.
-Vamos, hija, que pareces alelada. Y, sin pausa ni descanso, añadió, ¿qué te apetece hacer mañana?
Salimos a la calle. Hacía frío. Metí la mano en el bolsillo derecho y palpé algo que yo no recordaba haber metido allí.: la tacita de café. Apreté los dedos a su alrededor. ¡La tacita de café del tren!
-¿Mañana? Pues saldré a caminar, descalza, por la arena de la playa del Sardinero.
-¡ Pero si no habrá ni un alma!, exclamó mi hermana.
-¡ Pues por eso!
Mi hermana rió:¡Mira que eres rara!
Si, me encontraba un poco rara, pensé, mientras seguía apretando fuertemente en el bolsillo aquella tacita de café.
(Dedicado a Daniel, en su primer mes junto a su mamá) 




padron-duenas dijo
Me ha encantado, que nervios! Y que bonita historia... gracias por compartirla. Un abrazo y Felices Fiestas.
19 Diciembre 2010 | 07:04 PM