He recobrado mi "sentido del gusto". Buena noticia.
Pero, ante todo, pedir disculpas por haber utilizado un problema personal de salud en un blog que es más "lírico" que realista. Y, si tengo perdón, es que el tema me parecía fascinante. Como me decía alguien en su comentario: "No valoramos algo hasta que lo perdemos".
Y, ¿cuál era el problema? Pues lo descubrí por casualidad. Estaba tomando la mitad de mi dosis de protector digestivo. Esto hacía que los medicamentos contra la artritis me produjeran una leve "DISGEUSIA" . ¡Menudo nombre!
En cuanto me encontré mejor, me fui a una estupenda charcutería de la calle Mayor de Madrid, y me cargué con un cuarto de jamón serrano y una buena morcilla de freír (y otras delicias, como un Camembert bien hecho). Con la morcilla me hice la receta que les transcribo. En cuanto al jamón, envasado al vacío, lo llevaré a México, para compartirlo con mi hija y mi yerno. En cuanto al Camembert ... uuuuuummmmmmmm.
Gracias a los que se preocuparon, aquí y fuera, por mi.
MORCILLA FRITA CON DÁTILES.

Ponéis a pochar, en un poco de aceite de oliva, una buena cebolla cortada en aros medianos. Antes de que se dore, añadir unos 20 dátiles deshuesados. Saltear sin que se quemen. Añadir una morcilla de Burgos para freír en rodajas de 1,5 cm de grosor. Saltear a fuego mediano. Tapar, y dejar a fuego mínimo un poco más.
Tomar así, caliente, con un poco de puré de patatas y/o una compota de manzanas.
¡Buen provecho!
servido por poinmasia
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Me ha pasado algo, si no terrible, al menos inquietante. He perdido el SENTIDO DEL GUSTO. Como lo leen. Todo me sabe igual. No distingo lo salado de lo dulce, las peras de las manzanas, las almendras de los cacahuetes .... Y me dirán: eso es cosa de un catarro otoñal. Pero en los catarros se pierde sobretodo el olfato, y de ahí esa sensación extraña de "no sabor". Pero yo sí huelo. Cuando hago café exhalo ese maravilloso perfume y me lleno de esperanza. Pero al probarlo, gran desconsuelo: no sé si es té o café o leche desnatada. Mi hija me prometió la curación cuando fuéramos a comer al exquisito restaurante a donde nos había invitado una tía de su marido. Yo llevaba mis dudas. Le dejé que escogiera mis platos: almejas en salsa Mornay, arroz con bogavante, lomos de faisán a la húngara. Yo miraba, probaba, y al acercarse el maître en actitud interrogativa, me quedaba en blanco.

Mi hija levantaba la ceja y me miraba con aire asesino. Entonces yo reaccionaba: Las almejas tenían un maravilloso aroma a Cantábrico en marea baja con un brillo nacarado muy sutil; el arroz estaba increíblemente suelto y el bogavante ponía una inefable nota de color en el plato. ¿Y el faisán? No puedo describirlo, de verdad, ¡ qué elegante textura de carne resbalando sobre mantequilla y nata ! Por fin llegó el pastel de cumpleaños. Y la tarta de moka se deshizo en mi boca en una casi repugnante masa salada. Me fui directa al baño. ¿Exagero? ¿Cómo puedo vivir así? No, me he conformado. La cosa tiene sus ventajas: ya no necesito bajar a Madrid en busca de mi té especial de mango porque me da lo mismo un humilde sobrecito Lipton. No tengo por qué gastar 12 euros en una merluza fresca. Los filetes ultracongelados me saben igual. Me cuesta un poco más sentarme a la mesa, tengo menos ilusión. Pero, ¡qué le vamos a hacer! Aprenderé a COMER PARA VIVIR y no VIVIR PARA COMER.
(Continuará ....)
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Caracolas de mi tierra
que tantas olas cogieron
y tantas olas dejaron
para quedarse varadas
en esas dunas de arena.
Rumores de viento
y lluvia.
Canciones de tormentas
viejas.
Caracolas guerreras
que se hacen niñas
al cogerlas.
Colgante que aguanta
el grito.
Cajita que guarda
la espera.
Caracolas saladas,
pequeñitas.
Conchas de nácar
que acarician
mil adioses,
y mil penas.
Restos de un amor,
un solo amor,
que la fuerza del mar
entierra.
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En verano, Mario,
como me dices,
las ramas secas,
las hojas caídas,
el aire caliente de la tarde,
la modorra en que se vive,
tienen también el resplandor
de la belleza.
Saboreo con fruición
cada aliento de brisa,
cada flor escondida,
cada sueño en la siesta.
Y el volver de los pájaros,
casi de noche,
con el frescor
de las charcas sedientas..
Y mi alma
se va volando con ellos
a los cauces,
aún verdes,
de las riberas.
Pero mi cuerpo se queda
sufriendo "la calor" insistente
que me empapa la espera.
Un beso volado, Mario,
desde mi orgullosa sierra
hacia tu querida y hermosa
tierra manchega.
servido por poinmasia
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En julio,
a la hora de la siesta,
yo me tiro a la bartola.
Mis ojos permanecen redonditos
ante la pantalla de la tele,
y se me pone una buena panza
de tazas de chocolate
y galletas integrales de mantequilla.
Desde hace más de 30 años
soy fiel a la cita.
Panza, publicidad engañosa, traición deportiva,
todo lo soporto
con tal de disfrutar de ese viaje virtual
por el paisaje de mi país
de adopción sentimental.
En la etapa número once pasamos,
en vivo y en directo,
por el pequeño pueblo
de mi difunto esposo.
Los hermosos campos de la Nièvre
y el Loire majestuoso
relampageando bajo el sol estival.
Ya puede Amstrong mover los hilos infaustos.
A mi no me quita la gozada
de mi Tour particular.
servido por poinmasia
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